Recientemente durante uno de nuestros eventos con un reconocido head hunter, alguien le preguntó qué es para él lo más importante a la hora de evaluar un nuevo candidato.

Su respuesta fue qué, juntamente con su competencia y su trayectoria, es crucial que sea un buen comunicador. Que pueda describir su perfil profesional y su contribución de valor diferencial en no más de 2 minutos. Y que su enunciado de salida de su última posición sea claro, legítimo y breve.

Adicionalmente, dentro de las diferentes y complejas dimensiones de la comunicación humana, la comunicación no verbal es tan preponderante, que muchas veces el cómo el mensaje es expresado tiene un impacto aún mayor que el contenido del mismo. Esto se traduce en lo que percibimos como el tipo de “presencia” de una persona. De qué manera su presencia nos impacta cuando nos encontramos cara a cara.

Esta combinación entre presencia y claridad del contenido del mensaje es uno de los ejes cruciales a utilizar como guía durante la transición laboral.

A través de la revisión de sus logros y del análisis de sus circunstancias, intereses y opciones, un candidato puede definir el contenido de su discurso de forma tal que resalte su contribución de valor diferencial.

Pero, ¿puede de la misma manera definir, e intencionalmente transmitir un cierto mensaje “no verbal”? El mensaje no verbal está siempre presente, ya que es imposible no comunicar, y para quien sabe leerlo, es un espejo de lo que el otro está experimentando momento a momento. Cuando el contenido de lo que se expresa verbalmente coincide con lo que se manifiesta de manera no verbal, entonces la presencia es percibida como auténtica; la persona es percibida como verdadera.

Pero ¿cómo se llega a alcanzar esta cualidad?En este sentido mi comentario de hoy se refiere a los aspectos experienciales y comportamentales que pueden llegar a estar bajo el control de uno mismo.

Es posible de manera auténtica decidir cómo me quiero sentir, sin negar lo que estoy sintiendo en cada momento? La respuesta no es inequívoca, y tiene muchos matices. Lo que sí es de utilidad es entender el valor de la autoobservación como herramienta para procesar la propia experiencia. A través de la misma es posible elegir intencionalmente en qué aspecto de la experiencia es relevante y constructivo enfocarse. Aquí es interesante considerar “la otra cara de la moneda”, apuntar hacia un equilibrio, y por ejemplo, al interactuar con el otro, preguntarse qué tan enfocado uno está en:

  • Ser interesante vs estar interesado
  • Ser entendido vs entender
  • Ser escuchado vs escuchar
  • Pedir vs ofrecer

Las respuestas que cada uno tenga a estas preguntas pueden brindar interesantes indicadores en cuanto a la calidad de nuestra presencia, qué tan alineada está con nuestro discurso verbal, y qué impacto genera en el otro.

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