Talento. Talento. Hay una palabra para denominar a los espíritus “renacentistas” (cualquiera sea la época en que vivan): esas personas que tienen muchas inquietudes, son capaces de sacar frutos de varias de ellas, y para quienes la curiosidad intelectual y el entusiasmo son las emociones predominantes. La palabra que los define es “multipotencial”, y se refiere a quien tiene una amplia gama de intereses, posibilidades y recursos, o -dentro del marco de la teoría de Howard Gardner-, a quien ha desarrollado varias de las inteligencias múltiples

La persona que puso de moda el término, y con ello dio visibilidad a algo que es a la vez bendición y castigo, es Emilie Wapnick, autora de “How to be everything”.
El concepto data de mucho tiempo: la polimatía (palabra de origen griego –polymathia- que significa “aprender mucho”), se define como la sabiduría que abarca conocimientos diversos. Los principios del humanismo renacentista establecían que el hombre tenía capacidades ilimitadas para el desarrollo, por lo que se lo incentivaba a desplegar todas ellas al máximo. El más conocido, pero no el único, de estos personajes fue Leonardo da Vinci, quien se convirtió casi en un arquetipo de multipotencialidad. Descolló como pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista (la enumeración no es mía, pertenece a Wikipedia).

Pero múltiples intereses no es lo mismo que múltiples potenciales, y múltiples potenciales no es igual a logros. La ecuación para llegar al éxito necesita de curiosidad + recursos (talento y tiempo para desarrollarlo) + voluntad (para sostenerlo) + organización (para no morir en el intento).

El problema de los multipotenciales frente a los unipotenciales (o especialistas) es que para llegar a la etapa de logro, se requiere invertir en educación, en lectura, en inmersión disciplinar: las famosas 10.000 horas de práctica de las que habló Anders Ericsson y que luego popularizó Malcom Gladwell, como la dedicación crítica para descollar en algo. Cuando hay un solo interés claro (lo que se denomina “vocación”), 10.000 horas es muchísimo, pero es posible y necesario.

En el caso de los múltiples potenciales, la metáfora sería la de alguien que cava varios pozos a la vez. Tiene que tener energía extra en comparación con sus coetáneos para alcanzar la misma profundidad en varios de ellos que quien solo cava uno. No estamos hablando solo de dominio intelectual: hay ciertamente personas privilegiadas que pueden navegar la estadística, escribir código en lenguaje informático, ser maravillosos fotógrafos, entender filosofía, y performar con maestría un arte. Pero esas mismas bendiciones se transforman en un problema cuando se impone la visión social predominante de que cada persona viene al mundo con una vocación. La vocación (del latín “vocare”) es un llamado, y en nuestro paradigma, esa vocación viene a ser algo que uno trae oculto en algún pliegue de la personalidad y se debe descubrir alrededor de los 17 o 18 años para dedicarse a ello toda la vida.

¿Cómo semejante idea no va a generar angustias y desorientaciones en los adolescentes que a duras penas están empezando a dibujar su identidad sin poder aun distinguir entre el propio deseo y las proyecciones ajenas? ¿Y si uno no descubre esa supuesta vocación… tiene una falla? Muchos arrastran luego esa sensación de error de programación del universo, de malformación espiritual, que hace mella en su sensación de logro, de autonomía y aun en su propia autoestima.

Es por eso que, pese a los recursos con que fueron bendecidos, la mayor parte de los multipotenciales no la pasan bien:

Suelen estresarse más, porque tienen un sentido de urgencia mayor: no les alcanza la vida para dar cauce a tantos intereses.
Suelen vivir midiendo permanentemente el costo de oportunidad de lo que hacen: “¿Y si en vez de una especialización en Data Analysis hiciera una maestría en Ciencias Sociales?”
Muchos eligen carreras generalistas (Administración de Empresas, típicamente), porque de esa manera postergan la decisión sobre el enfoque unos cinco años. Pero tarde o temprano sobreviene la crisis.
Necesitan más energía para poder hacer todo lo que quieren y todo a lo que se comprometen. Por eso es frecuente que se enfermen, persiguiendo un equilibrio que nunca llega.
Enfrentan el riesgo de pasarse tiempo “probando” actividades sin concretar muchas cosas ni especializarse en ellas, dado que muchas veces además de curiosidad hace falta pasión y enfoque, y es difícil no dispersarse.

Para quienes trabajan en organizaciones, hay un desafío adicional, y es que en general en ellas se espera y se incentiva el desarrollo en un área específica, resultando muy difícil hacer un cambio para quien ya se ha iniciado y ha hecho carrera en una función dada.

Por último, desde el punto de vista personal, se les suele dificultar la priorización, por estar siempre con su energía mental y operativa dividida entre múltiples temas. Esto hace que a veces se sientan poco productivos, se frustren rápido y abandonen una empresa, tarea o emprendimiento antes de haber agotado sus posibilidades.

La buena noticia es que hoy se hace más necesario que nunca este tipo de personalidades en las organizaciones, porque se necesitan miradas interdisciplinarias, que puedan entender y valorar diferente mindsets, que puedan integrar la mirada de un científico social con la de un técnico y ambas con la de un político y que puedan navegar diferentes aguas.

Hay cuatro formas de poder sacarle el jugo a la multipotencialidad, o al menos, hacerse amigo de ella:

  1. Hacer una carrera de tipo “portfolio”. Se habla de portfolio careers cuando se desarrollan varios carriles a la vez: una persona puede ser un excelente arquitecto y al mismo tiempo un apasionado emprendedor social y además tener una quinta para el cultivo de especias orgánicas. Cada uno de estos carriles podrá ser el prioritario o el que genere más recursos, o el que insuma más tiempo en diferentes etapas de la vida. Un hobby puede transformarse en algo principal o viceversa.
  2. Hacer varias carreras sucesivas. Se dice hoy que una persona desarrolla hasta cinco carreras en la vida: saber hacer transiciones y capitalizar las redes y lo aprendido en una etapa para cambiar la dirección y seguir adelante en otra. Tener la flexibilidad para el cambio y ser capaz de sacrificar algo de avance para volver a empezar.
  3. Encontrar intersecciones entre diferentes intereses, experiencias y conocimientos. Es en las intersecciones donde se dan las mayores posibilidades de creatividad y de nuevas ideas. Quien puede atar horizontales y verticales es capaz de identificar diagonales.
  4. Convertirse en un tejedor de redes: el haber incursionado en distintos ambientes hace que este tipo de personalidades pueda generar contactos no redundantes en zonas de la red donde de otra manera habría agujeros. En la teoría del capital social, a este tipo de aportes se le llama intermediación y es fuente de gran poder para el nodo que puede operar de puente.
    No encontrar qué actividad queremos abrazar para toda la vida no es sinónimo de fracaso: la misión personal puede aparecer con claridad aunque no esté definida en términos de “carrera”. Y eso es una buena noticia para las almas inquietas y curiosas, siempre que sepan gestionar la inquietud y la curiosidad.

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