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Pareciera que, a veces, las organizaciones tienden naturalmente a hacer las cosas complicadas. Nos gusta analizar, crear estrategias, entender… Y puede ser muy satisfactoria también, esa habilidad para darle sentido a lo complejo y a lo desconocido. Hasta podría decirse que esto nos da sensación de poder -el tipo de poder que trae el tener conocimientos que otros no-. Cierto, cualquiera diría que es eso lo que se espera de jefes, gerentes y directivos: saber siempre más que cualquier otro. A menudo es eso lo que los lleva a estar donde están, y eso no puede ser algo malo. Necesitamos personas que sepan de lo que están hablando a la cabeza de cualquier compañía; tan solo no queremos que se refugien en la complejidad.

Los grandes líderes, en cambio, se basan en la simplicidad. La simplicidad de recordar que quiénes somos es tan importante que lo que estamos haciendo. El liderazgo emerge cuando la lógica y el análisis no pueden ser aplicados.

Como con la mayoría de las cosas, es el balance lo que importa. Necesitamos gestionar y necesitamos liderar. Lo que más nos atrae del liderazgo es que su esencia viene de nuestro auténtico Yo, lo que realmente creemos, y no lo que viene con el “disco duro” de la escuela de negocios o los años de experiencia en el rubro. La gente puede -y lo hace- dirigir sin un entrenamiento profesional: Todo comienza siendo claro y sincero con nuestro “¿Por qué?” y el de la empresa a la que pertenecemos.

A menudo quedamos tan atrapados en nuestra complejidad -también gestionando- que olvidamos el poder de lo simple. Son las cosas simples lo que la gente recuerda. Una simple acción, una simple palabra. Es lo sencillo lo que le da valor a una cultura. Es lo sencillo de la verdad dicha o de nuestras creencias que nos inspiran, y no la información o los datos complejos. Y cuando las personas se inspiran, las nuevas posibilidades emergen.

Los grandes líderes tienen la habilidad de hacer las cosas simples; de traer claridad, incluso en medio del caos; de enfocarse y lograr que otros lo hagan, en lo que realmente importa.

Como Leonardo da Vinci dijo una vez: “La simpleza es la máxima sofisticación”. Manténgalo simple y escuche los gritos de ovación de quienes lo rodean.

Fuente: Blog – Start with Why (Simon Sinek)


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