Dicen que un 75/80 % de las personas tiene miedo de hablar en público, no hay estadísticas certeras, pero lo cierto que es muy útil poder expresarse en un equipo de trabajo, o con un auditorio más numeroso.
Los maestros, profesores, políticos, periodistas, actores y muchas otras profesiones utilizan el discurso como herramienta cotidiana.

Un método muy viral que responde a las siglas: Tecnología, Entrenamiento y Diseño proporciona tres reglas sencillas y fáciles de recordar que nos sirven de soporte para charlas en público independientemente del contenido que expresemos.

1.- Penetrar las mentes del auditorio con un eslogan
Que sea breve, de tres a doce palabras. Sirven diversos trucos, como esta repetición paradójica de Charles Dickens al principio de Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Decirlo al menos, tres veces.

2.- Los primeros 10 o 20 segundos son vitales
Tiene éxito comprobado arrancar con una anécdota personal, pero también funciona lanzar al público una pregunta intrigante, que empiece con los adverbios interrogativos ¿cómo? o ¿por qué?

3.- Dividir la intervención en tres partes
Eso ayuda a memorizar el contenido y que el interlocutor capte el mensaje. Se puede estructurar como un relato: exponer la situación, plantear un problema y aportar la solución. Sí, como un Teorema: Tesis-Hipótesis-Demostración. En cualquier caso, no se debe olvidar estimular el hemisferio derecho –el de las emociones– con chistes o historias. Los mejores ponentes introducen aproximadamente un chiste por minuto. Demasiado exagerado!

La conocida frase de Mark Twain nos inspira: “Por lo general me lleva más de tres semanas preparar un buen discurso espontáneo”

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