A todos nos ha pasado: Son casi las seis de la tarde y uno corre contra el reloj para cumplir con la fecha límite de un gran proyecto. A último momento, te das cuenta de que no tienes más opción: necesitas información valiosa que sólo un colega puede facilitarte y, en caso contrario, nunca cumplirás con el plazo. Entonces redactas un email solicitando un favor de último momento. Aprietas “enviar” y… esperas. ¿Responderán?

En situaciones como estas, las chances de obtener la respuesta necesaria dependerá del tipo de relación que has establecido con éste y los demás colegas. ¿Respondes rápidamente a los mensajes de tus compañeros? ¿Brindas voluntariamente, tu ayuda en sus proyectos? ¿Eres generoso con tu tiempo? ¿Creas oportunidades para relacionarte con tus colegas, de modo que te conozcan y no seas un “mensaje sin rostro”? Y, por sobre todo, ¿Has ayudado a alguien en una situación similar en el pasado?

Si tus respuestas son “no y no”, entonces las probabilidades de que colaboren contigo se reducirán considerablemente. Resulta obvio pero, necesitas cultivar las relaciones con tus colegas, para asegurarte reciprocidad: para poder contar con ellos, deberás demostrar que tú también estarás disponible para devolverles el favor cuando sea necesario. Esto es de suma importancia para cualquiera que trabaje en una gran compañía. Gracias al email, es muy fácil enfriar, sin quererlo, la relación con nuestros colegas. Cada mensaje que enviamos dará forma al tipo de relación que queremos mantener con nuestros compañeros y, a su vez, el grado de colaboración que establecemos. Sólo poniendo empeño de nuestra parte sabremos si podemos contar con nuestros colegas.

De hecho, la costumbre de pedir favores por email ha sido motivo de debate, con algunos críticos recordándonos que la cortesía y los preceptos básicos de comportamiento son todavía relevantes en la era digital. ¿Por qué necesitamos que se nos recuerde algo tan básico? Porque el email llegó tan omnipresente que sustituyó rápida y fácilmente las interacciones que se realizaban cara a cara. Ante la ausencia de contacto directo, es mucho más fácil malinterpretar los mensajes recibidos y socavar relaciones.

Más allá del estilo y contenido de nuestros emails, debemos ser conscientes de que, cuando se trabaja en el marco de una gran organización, uno forma parte, ineludiblemente, de un equipo; y dentro de un equipo la ayuda que uno recibe es directamente proporcional al esfuerzo y apoyo que uno brinda.

Si reconoces que cada persona con la que interactúas en tu trabajo es potencialmente alguien a quien debas pedirle un favor en el futuro, cuando ése alguien requiera tu ayuda, responde ávidamente. Recuerda que cada favor que realices queda “a crédito” para futuras “extracciones” en forma de colaboraciones que puedas requerir. Y eso, es un recurso valiosísimo cuando son casi las seis de la tarde y no llegas a cumplir con la fecha límite de un gran proyecto.

Fuente: Lee Hecht Harrison – Reino Unido.

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